El tatuaje que una vez fue símbolo de admiración por un reguetonero hoy puede convertirse en una sentencia de detención o deportación. Así lo demuestra el caso de Olga, una joven venezolana de 20 años residente en Texas, quien lleva en su brazo las iniciales “RHLM” —siglas de la frase “Real Hasta La Muerte”, popularizada por el artista puertorriqueño Anuel AA.
El problema: ese tatuaje figura ahora en la lista del Gobierno de EE. UU. como un posible indicio de pertenencia a pandillas, en particular al Tren de Aragua.
Con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, su administración ha intensificado el escrutinio sobre tatuajes “sospechosos” como parte de su ofensiva migratoria. Según información divulgada por el Departamento de Seguridad Nacional, símbolos como trenes, coronas, estrellas, relojes, armas y el logotipo de Air Jordan se consideran señales de posibles vínculos con bandas delictivas.
“Conozco venezolanos que han sido detenidos por sus tatuajes. Un día simplemente desaparecieron”, cuenta Olga. Aunque insiste en que su tatuaje no tiene relación con ninguna actividad criminal, ha decidido cubrirlo con otro diseño. “No quiero problemas. Me da igual lo que me pongan encima, pero que no se sepa que soy ‘Real Hasta La Muerte’”, afirma en entrevista con EL PAÍS de España.
En Texas, tatuadores reportan un alza significativa de clientes que buscan modificar o tapar diseños estigmatizados. “La mayoría quiere cubrirse estrellas, cruces, números o frases como esa”, dice Julio, un tatuador cubano que pide no revelar su nombre real por su estatus migratorio. “No he visto miedo en todos, pero sí hay más conciencia. Algunos prefieren no arriesgarse”.
Manuel Fernández, del estudio Flow Ink Tattoo en Houston, coincide.
“He atendido al menos dos casos de personas que vinieron por tatuajes que aparecen en la lista. El último tenía un fusil AK-47 en el brazo”. Aunque no conoce casos de deportación por esta causa, advierte que las políticas actuales están generando tensión entre los migrantes tatuados.
Para Keon Ostby, tatuador en Arizona, el enfoque del Gobierno es excesivo: “Usar tatuajes como prueba para deportación es absurdo. Son símbolos comunes. ¿Cuánta gente tiene una estrella o una corona? Eso no significa que sean criminales”. Según él, solo se niega a tatuar símbolos de odio como esvásticas o emblemas racistas.
Sin embargo, el mensaje desde Washington es claro.
La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, ha reiterado que el uso de imágenes y símbolos vinculados a pandillas será considerado motivo para revisión y detención. Durante una visita al Centro de Internamiento del Terrorismo (CECOT) en El Salvador, reafirmó la política de “tolerancia cero” hacia cualquier indicio de afiliación criminal.
Mientras tanto, migrantes como Olga deben decidir si se aferran a sus símbolos culturales o si optan por el anonimato. En su caso, la decisión está tomada: “No me arrepiento de haberlo hecho, pero prefiero no tenerlo. La admiración no debe costarte la libertad”.

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